Si observamos cómo caminamos, nos daremos cuenta de cómo vivimos.

Galería de procesos

La piel que (NO) habito

de la

Irene

Relato de una pesadilla de Irene, una mujer racializada, con planteamiento, nudo y desenlace. La autora describe la angustia y pánico de ser víctima de una purga. Para su sorpresa, acaba encontrando refugio y compañía.

Todo empieza en un instituto. De estos institutos que reconoces por las películas estadounidenses. Veo toda la escena desde arriba. Voy flotando por los techos del colegio hasta llegar a una clase. Hay dos chicas sentadas en la última fila y dos chicos sentados delante. Hablan entre los cuatro pero de una manera extraña. No entiendo lo que dicen, pero no parece que el ambiente esté tranquilo. Cuando suena el timbre que anuncia el cambio de clase todos salen del aula y los dos chicos que estaban sentados empiezan a pelearse en las escaleras. De repente fundido a negro (como en las películas antiguas).

Cambio de escena, de lugar, de contexto y de protagonistas. Estoy en mi casa, y ahora si soy yo, en primera persona, no flotando. ¿Sabes cuando en los sueños te encuentras en lugares que conoces pero que en el fondo sabes que no son reales porque hay algo que parece que no cuadra, que no está del todo bien escenificado? Pues no es uno de esos casos. Es mi casa, pared por pared, cuadro por cuadro. Estoy en la habitación de mi abuela (que está en la cama) con mi madre. Tenemos miedo. Nuestra backstory ahora ha cambiado. Estamos viviendo una purga. No lo decimos pero es como si ya lo supiéramos. En el mundo se ha organizado una purga para eliminar a toda la clase obrera y a la gente racializada. Claramente estamos jodidas. Mi madre y mi abuela son pobres, y yo soy pobre y negra. Nos atrincheramos en la habitación de mi abuela a esperar lo inevitable.

Lo inevitable (algo que también sabíamos aunque no hubiese necesidad de decirlo) es que lleguen los perros. Literalmente podemos decir que el estado lanzó a sus perros contra el pueblo. Empezamos a escuchar ruidos por la casa, y una especie de gruñidos. Han llegado. Me tumbo en la cama de mi madre y espero. Se empiezan a escuchar los arañazos en la puerta. El miedo que siento, aún sabiendo ahora que no era real, me cala hasta los huesos. Realmente no quiero morir, no quiero que mi familia muera. Pero ya están aquí. Una jauría de perros rabiosos entra en la habitación y nos ataca. Es curioso porque claramente nunca me ha desgarrado un perro la piel, pero si me concentro y recuerdo esa noche, puedo sentir el dolor en el cuerpo. Y no solo el dolor sino el sentirme morir. Sentí como mi sangre abandonaba mi cuerpo, realmente me sentí morir. Y me sorprendí a mi misma porque la historia no terminaba. No hubo otro fundido a negro. Juro por Dios que sentí el peso de mi propio cuerpo perdiendo fuerza en la cama, pero la historia parecía no terminar.

Y como la pesadilla no terminaba, decidí levantarme. Evité mirar a la izquierda (dond estaban mi madre y mi abuela) por motivos obvios. Pero la sensación en esa habitación era insoportable. Es como si la sangre hubiese creado una especie de humedad que me oprimía. Caminar en esas condiciones tampoco fue fácil. Todo mi cuerpo estaba roto, desgarrado, mordido. Me costaba andar, me costaba respirar y cada minúsculo movimiento que hacía parecía enfadar a mis heridas que me dolían como si les hubiese prendido fuego. Y ahora si, fundido a negro.

Estoy en clase, con mi compañera de mesa, atendiendo. Me sorprende porque todo parece normal. Los dos chicos de delante se giran a hablar con nosotras. Mi compañera se ríe pero yo me siento rara. No entiendo muy bien lo que dicen y para qué mentir, estoy rayadisima por el hecho de que toda la gente que me rodea es blanca. Es decir, este cambio es de escena, no de multiverso. Mi backstory sigue siendo la misma. Ha habido una purga, mi familia ha muerto devorada por perros y no entiendo ni cómo estoy viva ni cómo he llegado a un instituto. Empieza el miedo. Pero no es el mismo miedo que sentía con los perros. Esto es peor, porque siento que en cualquier momento alguien se va a dar cuenta de que soy negra y me van a delatar. Y la incertidumbre de qué le pueden hacer a mi cuerpo después de lo que ya ha sufrido me aterra. Suena el timbre que anuncia el cambio de clase y salgo del aula lo más rápido que puedo. Camino por el pasillo con intención de ir al baño. Veo de reojo que en las escaleras los dos chicos que estaban sentados delante de mí están teniendo una pelea. Pero me da igual, solo quiero ir al baño. Cuando por fin llego me miro al espejo. No me reconozco. Desde luego esa no soy yo, no entiendo que pasa. Me miro los brazos, las piernas… No soy yo. Me acerco al espejo y analizo bien mi cara y me doy cuenta de porqué a nadie le ha sorprendido mi presencia en el instituto. La piel que me cubre no es mía. Todo mi cuerpo está cubierto por la piel de una persona blanca. No entiendo que pasa, me asusta y me disgusta profundamente llevarla puesta pero me aterra quitármela. No entiendo nada y empiezo a llorar. Justo en ese momento entra una chica al baño, me mira y me dice: “tranquila”. La miro sorprendida e intento disimular. Me seco las lágrimas e intento actuar normal. Cuando por fin me sereno y la vuelvo a mirar me doy cuenta de algo. Su piel tampoco es su piel. Pero no es como mi piel. Ella lleva una especie de piel falsa que le llega hasta la nariz, como una mascarilla de las azules. Es como yo pero de alguna manera distinta.
Me empieza a explicar lo que está pasando. Me dice que, como yo, hay gente que sobrevivió a la purga y se está haciendo pasar por gente blanca con implantaciones de piel.

Evidentemente la situación es catastrófica pero la presencia de esta chica genera una tranquilidad en mí que llevaba tiempo sin sentir. Me siento en compañía. Fundido a negro.
Estoy volviendo a casa de algún sitio. No se preocupen que mi backstory sigue siendo la misma. Purga, perros, familia muerta, instituto, piel falsa, ahora soy “blanca”… Siento como si hubiese pasado algún tiempo, pero no mucho, tal vez semanas. Estoy caminando por mi plaza y, otra vez, el escenógrafo en mi cabeza debería ganar un Oscar porque está todo igual. Piedra por piedra, farola por farola. Voy a girar la esquina de la iglesia y para mi sorpresa me encuentro a un montón de gente en mi calle. Eso no es sorprendente, lo sorprendente es quién es esa gente. Más que quiénes son, lo importante es cómo son. Son gitanos. “No puede ser.


No puede ser. No puede ser, no puede ser, no puede ser” pienso.

Un hombre me mira, me sonríe y me hace un gesto con la cabeza como diciendo “ven con nosotros”. Están cantando y riendo, y se oyen guitarras y se oyen cantos y…
No estoy procesando absolutamente nada de lo que pasa. ¿Por qué no les detienen? ¿Cómo ha sobrevivido toda esta gente? ¿Por qué no tienen miedo? ¿Por qué cantan? Llega un punto en el que mi ser pasa de un estado de desconcierto, intriga y miedo a un estado de tranquilidad. La misma que sentí en el instituto hablando con esa chica. Y me doy cuenta. No estoy sola.
Me despierto.

Lo que acaba salvando a la protagonista del horror, no es aparentar ser blanca, algo que no es, sino reconocerse mutuamente con otras personas similares aunque diferentes a ella. Le alivia el sentimiento de pertenencia, de no estar sola.

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