Júlia se encuentra en el tramo final del proceso de psicoterapia. A raíz de la pregunta de una amiga, se plantea qué le ha ayudado a sentirse mejor. Créditos de la portada: fotograma de la película I’m Not There, de Todd Haynes (2007).
Salgo del trabajo. Audio de mi amiga con un warning «mensaje profundo», es su manera de decirme «no hace falta que contestes inmediatamente, escúchalo cuando quieras». Me conoce. La escucho. Me sorprendo.
Me explica que hoy una compañera con la que trabaja y que no conoce mucho se ha abierto en canal con ella para hablarle de la depresión que sufre desde hace años. Durante la conversación, mi amiga me menciona, porque muchas de las cosas que describe le resultan familiares: le hacen pensar en mi. Por ejemplo, la incapacidad absoluta para disfrutar de nada. Este vacío tan extraño de explicar, tan difícil de entender i de no culpar: no es que no nos esforcemos, es que no sentimos lo que se supone que tendríamos que sentir.
Lo que realmente me sacudió es el final del audio. La compañera le ha preguntado: «¿Y cómo está ahora tu amiga?». Ella ha respondido que bien, que mucho mejor. A continuación: «¿Y cómo lo ha conseguido?». Mi amiga expone algunas ideas pero no está del todo segura. Por eso, me acaba preguntado «¿cómo estás realmente? ¿Hay algo que crees que te ha ayudado especialmente?».
Ostras. Buenas preguntas. Yo misma me quedo mirando el cielo, rumiándolas. Allí arriba solo encuentro frases sin acabar y respuestas que no consigo descifrar. Lo único que me viene a la cabeza de manera nítida es un «Tu. Tu me has ayudado». No coordino mucho los pensamientos, pero las emociones se me activan de golpe. El audio me hace ilusión, me despierta curiosidad y, a la vez, una cierta extrañeza.
Resulta curioso e impactante que una de mis mejores amigas, alguien que ha sido una pieza imprescindible en este camino, me pregunte como he llegado hasta aquí con un tono un tanto ajeno y lleno de dudas. Para mi, la respuesta la incumbe totalmente, pero ella no se nombra a sí misma ni menciona nuestra relación. Y aquí es dónde la soledad de esta enfermedad me saluda de nuevo —pero ya no me duele—: ella me ha visto lo peor del abismo, me ha visto llorar y bramar, me conoce como poca gente lo hace y ha estado allí sosteniéndome. Pero ni siquiera ella sabe con certeza como he conseguido estar mejor. Duda. Le interesa. Y por eso me lo pregunta.
Así que sí, me hace ilusión el audio. Porque estas preguntas me permiten abrir un canal de comunicación con ella que hace un tiempo que no tenemos —precisamente porque ahora estoy mejor—, pero a la vez abren un canal conmigo misma de reflexión y cierre.
¿Cómo estoy ahora? ¿Cuál ha sido mi proceso? ¿Qué me ha ayudado, realmente, a salir de la depresión?
Cuando intento responder, mi primer impulso siempre es mirar hacia fuera. De hecho, mi primer pensamiento en escuchar a mi amiga fue claro: «Tu». ¿Y es que, cómo no mirar hacia fuera? Sola habría sido imposible. Las personas han sido la red imprescindible para sostener la tristeza profunda, la falta de energía y la apatía constante. Un punto clave, ha sido relacionarme con personas que han estado allí, cada una a su manera, pero con una cosa en común: no me han juzgado. Tengo la suerte de tener cerca a personas benevolentes y que me quieren bien.
¿Por qué es tan vital no sentirse juzgada cuando estas en la mierda mas profunda? Si lo miramos con una metáfora científica, funciona así: cuando estás hundida, tu hipótesis interna es que no vales nada, que no aportas y que solo pides. Eres mala. Cuando las personas que te importan te devuelven una mirada benevolente al espejo, tu hipótesis se desmorona y pierde fuerza o, como mínimo, no la gana. En cambio, si la gente que te rodea te juzga, el resultado es un «viva, hipótesis comprobada!» y resbalas hacia abajo. Y es aquí, también, donde he experimentado rupturas dolorosas.
Además de las amistades y de la familia, también he tenido el soporte humano de mi terapeuta, quien ha construido un espacio seguro donde ser, mostrarme y reconstruirme acompañada de una mirada inteligente, comprensiva y validante, y la medicación, a quien me permito tratar de «persona» porque me levantó en brazos cuando yo ya no sabía como hacerlo después de tanto intentarlo. Aún así, hay una cosa que me inquieta de mi intento de respuesta hasta ahora. Decir que la clave ha sido «el de fuera» me hace sentir agradecida y también me hace sentir débil, siento tambalear nuevamente la seguridad y la autoestima. Veo un peligro enorme en mirar hacia fuera si eso va en detrimento de verme a mi misma. ¿He hecho alguna cosa? ¿He tenido alguna agencia en el proceso? ¿Si se que sola no hubiese podido, qué mérito tengo?
¿Qué
he
hecho
yo?
Por suerte, en terapia esbozamos la respuesta a estas preguntas. Y la verdad es que sí, sin las otras no puedo —es de las certezas más absolutas de mi vida—, pero la mitad de este proceso me lo he comido yo solita en la intimidad. Lo que yo he hecho ha sido implicarme. Y implicarme ha significado, finalmente, implicarme en mi misma. Entonces, no se trata de buscar una píldoras mágicas o acciones concretas, sino de reconocer todo lo que me he permitido hacer estos tres años:
Me he permitido sentir the good, the bad and the ugly.
Me he permitido dialogar conmigo misma a través de espacios terapéuticos, literarios y humanos.
Me he permitido mostrarme vulnerable ante una desconocida y con mis amigas.
Me he permitido probar, ya fuese la terapia, la medicación o mil otras cosas por insignificantes que puedan parecer, como forzarme a ir a hacer un café o aceptar negarme a hacerlo.
Y, gracias a todo esto, me he permitido ponerme en duda, sentir pena de mi, sentirme cuidada, cuidarme, descuidarme, autoanalizarme, deshacerme y reconstruirme.
Dentro de este permiso, ha habido un antes y un después: viajar sola. Me hacía falta recordar lo que me ha aportado hacer esto: sentir que puedo hacer cosas, reconectar conmigo misma y conseguir que el hecho de estar sola no fuera un lugar inhóspito. Como dice la magnífica Eileen Gou: «I spend a lot of time in my head and it’s not a bad place to be».
Por qué es tan, tan importante no rechazarse… Recuerdo que al principio de todo, en un estado de duelo inicial y profundo, estar conmigo misma significaba estar conectada con las emociones más duras. Era devastador y succionador; me consumía la energía, pero me permitía seguir estrechamente ligada a mi padre. Después vino la bajada brutal de autoestima, donde mirarme me daba asco y solo encendía la tele para no pensar, para intentar no existir. De hecho, dejé de existir: respiraba y los órganos funcionaban, pero sentía que no vivía.
Recuerdo que en mi primer viaje —decidido a modo relámpago— conseguí estar bien sola. Pero en el segundo —mucho mas lejos y mucho mas largo—… allí me gusté. Y este fue el punto de inflexión total. No porque viajar sea lo que le haga falta a todo el mundo; es una cosa totalmente anecdótica y personal. Lo que realmente importa es encontrar aquello que te haga reconocer que estas haciendo cosas, que te esfuerzas, que te atreves y que puedes y, de esta manera, valorarte y sentirte viva.
Viajar me dio el espacio necesario para alejarme de todo lo que me drenaba —algunas relaciones complejas, mucho estrés laboral y el hecho de habitar los sitios de siempre, que aún sentía medio vacíos— y me enseñó a estar conmigo misma sin intermediarios. Reaprendí que la soledad no es solo oscuridad, sino un abanico mucho mas amplio, libre y agradable.
Fue el momento de hacer las paces con quién soy. Porque, como escribí en aquel segundo viaje: «no eres la misma, y no sabes bien bien quien eres ahora, pero vuelves a ser alguien». Y este «alguien» es quien hoy, por fin, sabe responder a la pregunta de su amiga.